Can, la música de las almas perdidas

La música experimental de Can se basaba principalmente en la percusión de Jaki Liebezeit, motor fundamental del grupo, la improvisación de todos sus miembros y en las influencias de la Psicodelia de los Pink Floyd más extremos, la experimentación más futurista de la Velvet Underground, el funk más perverso de James Brown, Lee Perry y su concepto de grabación en el estudio y sobretodo del free jazz de John Coltrane.

Un coctel tan atractivo como indigesto para las grandes masas. Fue un grupo con mucha influencia en gran cantidad de géneros que surgieron desde entonces, como el punk, el post punk, hardcore indie, la new wave, la música electrónica, la música industrial y el ambient. De ahí que quiera rendir homenaje a tan ilustre banda. Una banda que aunque pocos lo sepan ha influido a muchas de sus bandas favoritas de la actualidad.

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La banda se formó en Colonia a mediados de 1968. Inicialmente compuesta por Czukay, Schmidt, Karoli, Liebezeit y el flautista David Johnson. Poco tiempo después, ese mismo año, se unió a la banda el cantante Malcom Mooney, un inquieto norteamericano. La formación, todavía sin nombre fijo, estableció su estudio Inner Space, en Schloss Nörvenich, un castillo cerca de Colonia, una idea espectacular! A finales de año, David Johnson abandonaba la banda, no sin antes participar en las grabaciones que muchos años después se publicarían como el álbum “Delay 1968″.

En la misma época, Mooney y Liebezeit propusieron que la banda adoptara el nombre The Can. Sin embargo, en torno a la fecha de publicación del primer álbum, el teclista Schmidt declaró a la prensa que las letras del nombre constituían un acrónimo que significaba «Communism, Anarchism and Nihilism». En 1970 editan el citado “Soundtracks” un álbum que tenía siete temas que la banda había grabado para las bandas sonoras de diversas películas, en dos de los cuales canta Mooney. Al año siguiente editan un ambicioso álbum doble que se convirtió en el más importante de la banda: “Tago Mago”.

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Tago Mago es un disco fascinante, lleno de detalles para perderse en él. Ideal para perder la cabeza y el mundo de vista, sumergido entre sus surcos…

“Paperhouse” es un tema, a medio camino entre la psicodelia y el rock más letárgico. Con un ritmo ralentizado y una cadencia cansina, muta en el minuto dos con un cambio de ritmo espectacular. Las guitarras gruñen, lloran, la voz susurra hasta hacer daño. Mientras las percusiones aceleran tu pulso… Un orgasmo musical.

“Mushroom” sigue en parte la tónica de la anterior pero algo más oscura. Puro sadomasoquismo, con un ritmo machacón y unas guitarras que aúllan. Mientras Mooney se deja la voz en fraseos muy adecuados, avanzados a todos, sentaron cátedra al resto.

“Oh Yeah” parece como si Jim Morrison y los suyos se hubieran quemado el cerebro a peyote, un track degenerado, una locura dantesca hecha canción. ¿Sigur Ros innovadores? No me hagáis reír.

Con “Halleluhwah” juegan a retorcer los ritmos, a pervertir el sonido, a jugar a viajar al futuro y volver para contárnoslo. ¡Qué 18 minutos tan grandes! Épica futurista.

Tras dejarnos al borde del colapso nervioso vuelven a sacudirnos con 17 minutos aún más fascinantes, si eso fuera posible. “Aumgn” es seguramente el inicio del ambient. Preguntarle a Bowie

Para cerrar la trilogía extensa del disco “Peking O” acerca el infierno a nuestros hogares.

Se cierra el disco con “Bring Me Coffe Or Tea” un tema normal ya que llega solo a los casi 7 minutos y podría ser un tema casi corriente. Ironías aparte, las guitarras aquí son espectaculares y Mooney vuelve a lucirse. Ecos arábicos y un feeling desestresante para relajar nuestra alma.

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