A más velocidad, vida bloqueada

Imagina que el transporte público no fuera un coñazo inevitable, sino un lugar donde vivir experiencias enriquecedoras. Imagina que las bicis rompieran el yugo de los escaparates de las tiendas de ropa hipster para salir a la calle a hacer lo que más les gusta: circular. Imagina una comida sin prisas y con productos eco de muchos colores distintos. Imagina unas calles verdes, sin ruido ni contaminación,  en plena ciudad.

Si eres de los que mataría para que esto dejara de ser producto de la imaginación, el movimiento slow es para ti. Más que una disciplina o una moda, es una forma de vida alternativa que cada vez gana más adeptos y que abarca múltiples facetas de la vida humana: la alimentación, el consumo, las relaciones, el transporte, el ambiente laboral y hasta el urbanismo. Y aunque las caras de la moneda son muchas, el objetivo es común: llevar una vida más plena y desacelerada.

Esta idea, aunque parezca innovadora, tiene ya un par de décadas. Todo empezó en una época de plena americanización de Europa, en concreto en 1986. Cuando el periodista Carlo Petrini se topó con la apertura de un Mc Donalds en la Plaza de España de Roma, algo en su cabeza hizo click y entendió los peligros que se cernían sobre los hábitos alimentarios europeos. Esa fue la semilla del movimiento Slow Food, que apuesta por productos estacionales, frescos y locales, lo que ahora llamamos cocina Kilómetro 0.

Pero el movimiento slow, tal y como se conoce hoy en día, no se ha limitado a desestresar nuestras comidas, sino que abarca muchos más aspectos. Uno de los más curiosos es el urbanismo. Una ciudad slow es la que ofrece un acceso fácil al espacio público y a lugares de ocio y entretenimiento. Según Jan Gehl, reconocido urbanista en este ámbito, los tamaños de los edificios y de las plazas deben estar construidos a “escala humana”. Esto quiere decir que la estructura urbana debería permitir que las personas puedan reconocerse, como pasa en los pueblos. Esta utopía se hace materia en las Slow Cities o Cittaslow, ciudades en las que la actividad humana se concentra en torno a las plazas, se fomenta la producción de alimentos autóctonos y de los negocios locales y artesanales.

Y por supuesto, no podemos olvidarnos del panorama laboral actual: el ritmo frenético y la multitarea constante hacen un flaco favor a nuestra productividad, aunque en principio pueda parecer lo contrario. Por eso, el Slow Work aboga por el enfoque en una sola tarea cada vez, los descansos para recargar las pilas y el cuidado de los detalles. Calidad frente a cantidad.

Para los eternos escépticos, parece necesario aclarar que el movimiento Slow no pretende abatir los cimientos de lo construido hasta la fecha y que volvamos todos a las cuevas y los taparrabos. Al contrario: los abanderados de este movimiento explican que la clave reside en escoger la marcha adecuada para cada momento. Es decir, que se debe poder correr cuando las circunstancias lo exigen, pero también –y sobre todo- saber detenerse y disfrutar del presente. Suena muy lógico, ¿no?

El problema viene cuando la palabra lentitud se asocia con valores negativos, como suele ocurrir hoy en día. Torpeza, desinterés, tedio…son algunos de los palabros que seguramente te vengan a la mente cuando te hablan de lentitud. Sin embargo,  como bien explica Carl Honoré , una autoridad en el tema slow, “la lentitud nos permite ser más creativos en el trabajo, tener más salud y poder conectarnos con el placer y con los demás” .

Parece que el movimiento slow está aquí para demostrarnos que lentitud puede ser sinónimo de disfrute, de plenitud, de tranquilidad y sí, vamos a decir la palabrita de marras: de felicidad.

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