Nosotros no nos mataremos con pistolas

Un velo.
Quizás a través del que lo vemos todo.

¿Solo un velo? ¿Seguro? Y lo más importante, ¿qué lado del velo es el que pertenece a la realidad? ¿La parte de las butacas o la que iluminan los focos? De nuevo el teatro jugando a pervertir nuestra visión del mundo donde, compinchado con él, Víctor Sánchez Rodríguez descorre durante dos horas el velo que hay frente al público de la Sala Ultramar para presentarnos a los personajes de Nosotros no nos mataremos con pistolas. Ciegos, pero no del todo. Perdidos, pero persiguiendo una luz de esperanza en la niebla. Desbordados, pero todavía con ganas de vivir. Unos personajes que seguramente recuerdan con nostalgia su infancia ochentera, pero que en la vejez no recordará con tanto cariño su vida adulta. El tiempo nos acaba enseñando a verlo todo con perspectiva pero, por suerte o por desgracia, el único tiempo que podemos vivir es el presente y, aquí sí, por desgracia, para los que ahora rondamos los treinta, el presente es muy jodido.

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Toda una generación convencida de que realmente iba a tener un gran futuro si se portaba bien y seguía las pautas dictadas. Toda una generación cansada de esperar, y desesperada, que por fin abre los ojos y ve frente a ell@s un muro enorme en el que llevan mucho tiempo dándose cabezazos. Y es toda esa frustración, rabia, desolación, impotencia, vacío, dolor, recelo y confusión lo que se oculta debajo del mantel de una comida entre cinco amig@s que hace tiempo que no se ven. Encima de la mesa, buena comida, alcohol y chistes envenenados lanzados en el momento oportuno revelando la relación entre los personajes y dando lugar a la comicidad y el patetismo de estas personas que no dejan de ser un puñado de supervivientes navegando a la deriva en busca de una nueva costa soleada.

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La noche avanza dividida en cinco actos hasta que la verdadera causa de la reunión, que lleva hirviendo desde el principio de la obra entre silencios y miradas inquisitivas, finalmente se revela y obliga a los personajes a poner las cartas encima de la mesa. Acusaciones, desprecios y verdades corrosivas. Ráfagas de ira y rencor disparadas en todas direcciones, no solo hacia afuera, también hacia dentro señalando el arrepentimiento de no haber sabido construir una vida mejor y de no haber podido ayudar a una víctima de un sistema violento creado para exprimirnos, una suerte de Saturno devorando a sus hijos, que no soportó la presión de darle sentido a su vida según unos principios establecidos. Por ello, se hace necesaria la crítica social por parte de uno de los personajes, quizás el más angustiado, en un momento de clarividencia absoluta en la que hace una radiografía del momento que nos ha tocado vivir y que ha dado como resultado diferentes formas de atravesar el desierto de nuestra adultez. Abnegación, cinismo, miedo, resistencia o esperanza.

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La obra también deja un pequeño lugar para el simbolismo con esa procesión que recorre las calles de un pueblo en fiestas y que podemos escuchar a través de una ventana, pero también a través de los anhelos de los personajes como si se tratase de una banda sonora irónica de sus sueños rotos. La realidad es triste, sí. Pero de pronto la banda cambia de partitura haciendo sonar un pasodoble que nos devuelve la alegría y las ganas de seguir luchando por lo menos un día más. Es precisamente esa conjugación de drama y comedia lo que dota a la obra de un realismo pasmoso, afinado en todo momento por unas interpretaciones a la altura del texto ganador del Premio Max a la Mejor Autoría Novel 2016.

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Mención especial para Lara Salvador que imprime una naturalidad a su personaje fuera de lo común haciendo dudar al público en todo momento de en qué lado del velo se encuentra realmente. Un personaje que cuenta con la mayor duda de todas, mostrándola, a la vista está durante toda la obra. Tod@s tienen problemas y conflictos que resolver en sus vidas, pero la de ella es de carne y hueso y no pedirá permiso cuando decida aparecer. Es la parte conciliadora, la que intenta ver más allá, comprendiendo, después de una noche en vela, que quizás la solución no se encuentre en el futuro, sino en el pasado. Volver al pasado para construir un futuro mejor. Repensarnos, resetearnos, reciclarnos. Y ese es el regalo que nos hace Nosotros no nos mataremos con pistolas, la posibilidad de un mundo mejor. Después de la tempestad llega la calma, y solo en calma podemos reflexionar. Como en la butaca de un teatro.

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